Protocolo para un duelo (IV)

Por Héctor Puche

El siguiente relato es basado en las lecciones que un conejo me enseñó durante 7 años.

Parte IV

En el  post anterior comenté cómo Hermes se convirtió poco a poco en un gran maestro y entrenador para mi vida y la de mi pareja en ese entonces. Hoy explicaré la tercera herramienta del Amor que me ayudó a ir superando poco a poco la muerte de Hermes.

Domingo 10

Agradecimiento – Cuando llegué a Madrid por la noche, ya había quedado en recoger a M quien, al igual que yo, estaba pasando por la misma experiencia de pérdida y aprendiendo de ella.

Al entrar en mi casa, Luna (mi gatita) salió a saludarnos entre maullidos. La alcé, le di besos, le pregunté como estaba. Revisé si tenía suficiente comida. Mire a M y tras una inspiración profunda nos dirigimos al patio donde Hermes o su Ser nos estaba esperando para despedirnos. Estaba a punto de cumplir, en 5 horas, su tercer día luego de separarse de su cuerpo por lo cual estábamos justo a tiempo para la ceremonia.

La sabiduría popular, anteriormente decía que hay que velar durante 3 días un cuerpo antes de enterrarlo, ¿lo recuerdas? Pues bien, ese hábito culturalmente perdido de manera forzada por las empresas funerarias, las nuevas normas de organización social y el efecto V.U.C.A entre otras cosas, han hecho que ese conocimiento universal ya no sea puesto en práctica.

Los expertos en mística (por ponerle un nombre común) y diversas culturas mucho más avanzadas espiritualmente que la occidental, hablan y coinciden en dar tres días para que el alma/consciencia/espíritu se prepare para la transición a dimensiones superiores.

La Biblia habla de “…al tercer día resucitó entre los muertos” ¿te suena?

Pues bien, allí estábamos M y yo en el patio invocando a Hermes para que se reuniera con nosotros y acompañarle en su viaje.

Recordé que tenía una última galleta de avena que tanto le gustaba para desayunar por la mañana.

file3Todos los días al sonar el despertador, yo me dirigía a Luna y le daba de comer porque estaba dentro de casa y luego cogía una galleta, pan de leche o müesli en mi mano. Tocaba el cristal de la puerta del patio con mis dedos haciendo un sonido de marcha militar para que Hermes saliera de su casa como un bólido saltando y moviendo las orejas lleno de alegría. Abría la puerta y hacia sonar el papel para que relacionara ese sonido con su desayuno.

Ahora imagina ese gesto durante 7 años de tu vida.

M y yo nos acercamos a su “madriguera”, imaginamos que lo cogimos y nos sentamos uno frente al otro en el suelo haciendo un rombo. Pusimos la galleta en el centro, nos cogimos las manos y comenzamos a hablarle al Ser, agradeciéndole todo lo que nos había regalado. El amor que recibimos de él, lo que aprendimos, las risas, las lágrimas, los enfados, absolutamente toda nuestra experiencia juntos.

Luna empezó a maullar y a moverse de un lado a otro. Llegó donde estábamos nosotros sentados, se metió en el “rombo” y maulló una vez más. Alzó la vista y salió corriendo hacia la casa de Hermes. ¿Lo estaba viendo? La actitud era de juego, la misma que tenía cuando lo perseguía por toda la casa.

M me veía y no se lo podría creer. Yo trataba de mantener las palabras de agradecimiento sin perder la concentración y no dejarme llevar por la tristeza de ver a Luna jugar por última vez con Hermes.

De un momento a otro, centramos todos nuestra atención en el centro del rombo, le pedí a Hermes que viera un señor con globos de muchos colores que venía a buscarle para llevárselo al cielo.

“No tengas miedo mi pequeño. Ya verás que divertido es subir lleno de globos. Gracias por darnos y enseñarnos tanto. Sigue tu camino hacia tu evolución. Sigue creciendo y aprendiendo muchas cosas. A lo mejor nos volvemos a encontrar en otras vidas u otros mundos. Te amamos pequeñín”

M y yo nos levantamos poco a poco, elevando nuestros brazos al cielo formando una gran X con nuestro cuerpo. Ese era nuestro último mensaje de amor hacia él.

Luna había dejado de maullar y de moverse como antes. Estaba serena, tranquila. M y yo nos abrazamos llorando y respirando muy hondo para transmutar esa emoción de tristeza en calma.

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En el próximo post hablaré del Adaptación.